Mis padres decidieron pasar año nuevo en
Punto Fijo. Tras un viaje de más diez horas, llegamos a la Península de
Paraguaná con la ilusión de conocerla, comer mucho pescado y corroborar las
afirmaciones de que en “Punto Fijo todo es más barato”, por el asunto de ser
puerto libre y todo eso.
Pues bien, traicionando la lógica, mientras
paseábamos un par de horas por el Sambil de la ciudad, a mi pequeña hermana se
le antojó comer sushi en Bonsai, que se encuentra en la feria de comidas del
reconocido centro comercial. Pues bien, mis padres en sus infinitos mimos hacia
mi hermana, decidieron claudicar de la idea de comer pescado en algún lugar
bonito a la orilla de la playa y complacer los gustos asiáticos de su hija.
De esta forma, nos vimos pidiendo tres
raciones del famoso “Tokio Roll” y otras más de croquetas de cangrejo, comida
que mi hermana come de manera entregada y con gran egoísmo.
El hecho fue que jamás había probado
ninguna comida que proviniera de ese reconocido restaurante de comida rápida, y
me encontré con la grata sorpresa de unos platos perfectamente preparados, con
un sabor extraordinario y con raciones de sushi de gran abundancia. Ese día
llegamos al consenso familiar de que valió la pena claudicar la idea del
pescado a la orilla del mar por esos deliciosos suchis en el Bonsai del Sambil
de Punto Fijo.
Ya de regreso en Caracas, y el sabor de esa
comida japonesa todavía dando vueltas por nuestro paladar, mis padres tomaron
la decisión, muy festejada por mi hermana y mi persona, de salir de la casa e
ir a comer nuevamente en Bonsai. Mientras íbamos de camino a El Recreo, mi papá
decía que si bien Bonsai era un restaurante de comida rápida, sus fabulosas
croquetas de cangrejo y su “Tokio roll” eran un manjar digno de un lugar de
comida de gran caché. Por desgracia, ese día sus opiniones se vinieron abajo.
Estacionados en El Recreo, y con la ilusión
de rememorar la comida de Punto Fijo, decidimos pedir exactamente lo mismo en
el mismo restaurante, con la gran desilusión de que las croquetas de cangrejo
estaban reducidas a la mitad de su tamaño y que los camarones del sushi se
desprendían por doquier, por lo que fue imposible comerlo a la par del rol.
En fin, la cuenta ascendió a más de 500
bolívares y nuestras ilusiones de comer igual de bien que en Punto Fijo se
vinieron abajo. El tamaño de la comida varió, el sabor fue bastante distinto y
al parecer vivir en la capital del país hace que los trabajadores sean mal
educados con el público, ya que la buena atención del restaurante parece solo contar
en el Sambil de Punto Fijo.
Sin lugar a dudas, la uniformidad en la
comida es un asunto que en esta cadena de comida rápida no vale demasiado.
Tomas Lengemann
Tomas Lengemann

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